Vientres de alquiler y ví­nculo de apego

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Cada vez es más frecuente que aparezca en los medios de comunicación algún famoso explicándonos que es padre o madre, porque ha pagado a una mujer para alquilarle su útero. Los casos de Miguel Bosé, Elton Jones o Ricky Martin han estado en todos los medios de comunicación.

En España está prohibido legalmente por ahora. Pero no hay dificultades para alquilarlo en EEUU y traerse al bebé. También son conocidas algunas «clí­nicas» en la India, que ofrecen mujeres que alquilan su vientre y toda la manipulación del embrión, su implantación y su desarrollo hasta el nacimiento.

En otros casos como el reciente de FedEx en la India, se plantean problemas de aduanas para entrar recipientes con embriones congelados destinados al mercado de úteros de alquiler.

Se trata en todos los casos de una mala solución para el problema de la infertilidad, porque se ningunea a un ser humano en estado embrionario, y eso no deja de pasar factura a los implicados en el caso, y a toda la sociedad que lo consiente. Estamos ante un ejemplo más de la actitud insolidaria del «yo no lo harí­a, pero si otros lo quieren hacer»¦»

Hoy quiero ceñirme al daño que se produce a la persona que se alquila para llevar el embarazo y el alumbramiento de un niño. Para ello copio de un post de Natalia López Moratalla «El ví­nculo de apego entre madre e hijo»

La fuerte inclinación de la madre a cuidar y proteger a su hijo tiene una explicación biológica. Con el embarazo, el cerebro de la mujer cambia, en su estructura y funciones, para responder a los pedidos básicos que recibe del feto. Esta unión, afectiva y emocional, se refuerza aún más con el parto y la lactancia. El conocido como ví­nculo de apego forma parte del proceso biológico natural de la maternidad. Una nueva vida se abre camino y su madre se prepara para recibirla.

En la mujer embarazada se producen cambios sustanciales en el cerebro. Las hormonas producidas en la gestación configuran el que se puede llamar «cerebro materno«. Un procesoque comienza con el embrión en el útero, intercambiando células y comunicándose con los tejidos de la madre, y que continúa a lo largo de todo el embarazo.

Estos cambios de cerebro y cuerpo reducen el estrés en la mujer al impedir la liberación de la hormona cortisol, a la vez que sintetizan y aumentar la sí­ntesis de la oxitocina, la hormona de la confianza. En una situación de estrés, las neuronas cerebrales del hipotálamo generan el factor que induce a liberar cortisol a la sangre, pero en las embarazadas no es así­. Entre el segundo y el cuarto mes, se produce entre 10 y 100 veces más de progesterona (hormona sexual femenina), que reduce la respuesta al estrés. El menor nivel de cortisol favorece un mejor desarrollo del feto.

A partir del quinto mes, cuando la madre ya siente los movimientos del feto, aumenta la secreción del neurotransmisor de oxitocina que estaba almacenado en el cerebro. Esta hormona tiene receptores en diversas áreas del cerebro y las desarrolla permitiendo una capacidad especial para conocer las necesidades del bebé -lo que le pasa- y la sabidurí­a natural para gestionar lo que demanda.

Madre e hijo unidos en cerebro y corazón

El análisis por neuroimagen de las emociones que la madre siente ante los estí­mulos de ver fotografí­as o ví­deos del hijo o escuchar su risa y su llanto pone de manifiesto cómo es ese ví­nculo natural emocional y afectivo que se ha generado en ella por el embarazo.

Por otro lado, el parto y la lactancia por el contacto fí­sico con el bebé suponen la liberación de oxitocina almacenada y un nuevo refuerzo del ví­nculo de apego. Esta vuelta a la normalidad neuroendocrina exige una adaptación que conlleva cierto riesgo de fluctuaciones aní­micas y que en los casos más graves puede llegar a la depresión posparto.

Referencias

El ví­nculo de apego entre madre e hijo
Para avanzar ahora tenemos que poner la marcha atrás

 

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