Recientemente, la BBC publicó un artículo titulado “Los «padres virtuales» a los que recurren los jóvenes chinos solitarios y desilusionados” que trataba una temática especialmente controvertida desde un punto de vista ético. Se trata del creciente papel de los “padres virtuales” en la actual sociedad china (https://www.bbc.com/mundo/articles/cgmer292987o).
Estos padres virtuales son, de hecho, influencers que los jóvenes chinos pueden seguir en Douyin, la versión china de TikTok. Unos de los más destacados son Pan Huqian y Zhang Xiuping, que ofrecen contenido sobre su vida familiar y sobre el cariño que profesan a todos sus seguidores a los que consideran sus propios hijos.
En menos de tres años, su cuenta ha conseguido más de 1,8 millones de seguidores. Desde el año 2024, cuando se popularizó la expresión “padres virtuales” ya hay más de una docena de estos influencers dispuestos a ofrecer una verdadera conexión emocional a sus hijos virtuales.
Los jóvenes chinos buscan en estos padres ficticios una conexión emocional de la que carecen con sus familias de origen. No en vano, estos padres virtuales siempre les preguntan cómo están y qué necesitan, o si son felices, algo que parecen haber olvidado sus familias, más preocupadas por el tipo de trabajo que desempeñan o la pareja que escogen.
Asimismo, la política del hijo único también ha dejado a muchos jóvenes sin la compañía de un hermano y con la presión de satisfacer las expectativas de sus padres. La generación X y los millennial chinos han encontrado en internet cariño, afecto, comprensión y apoyo. De hecho, tienen mucha más relación con estos padres virtuales que con sus propias familias a las que apenan ven y con las que en muchos casos solo mantienen contacto telefónico.
Por otra parte, esta nueva generación de jóvenes sufre una gran presión laboral, ya que se espera que trabajen de 9.00h a 21.00h de lunes a sábado, en lo que se ha denominado la cultura del 996. En esas duras jornadas de trabajo, la llamada semanal a los padres resulta muy complicada y por ello, prefieren el contacto por redes sociales con otra familia alternativa que les ofrece apoyo y comprensión.
En esas conversaciones, tratan cuestiones cotidianas, e incluso celebran los cumpleaños en familia, de manera que estos jóvenes pueden sobrellevar la soledad no deseada y la incomprensión de sus familias (https://www.bioeticablog.com/la-soledad-como-enfermedad/).
En casos muy extremos, estos padres virtuales han tenido que lidiar incluso con llamadas de tentativas de suicidio de alguno de sus jóvenes seguidores, poniendo el foco en la salud mental de esta generación (https://www.bioeticaweb.com/vulnerabilidad-humana-y-salud-mental-desmontando-los-falsos-mitos-desde-la-etica-del-cuidado/).
No obstante, la parte más oscura de este fenómeno es el lucro económico. No en vano, algunos padres virtuales se han registrado en compañías de gestión empresarial para monetizar su contenido, no siendo ese el caso de todos ellos.
Es evidente que existe un grave problema de fondo en el concepto de familia de la actual sociedad china que exige la perfección a sus hijos: un buen trabajo, una buena pareja, dinero, éxito, pero que olvida la parte más profundamente humana: los sentimientos. El cariño y el afecto de una familia son básicos para consolidar el proceso de socialización de cualquier joven y para configurar una autoestima sana. El uso o quizás el abuso de figuras alternativas no es la solución al problema que atenaza a China.
Tras años de presión con una política de hijo único, penurias económicas y represión, los padres chinos han decidido ignorar los deseos de sus hijos y les exigen que luchen por conseguir una vida mejor que la de ellos. Sin duda, es un objetivo encomiable pero no puede alcanzarse a cualquier precio y las redes sociales no pueden convertirse en un sustitutivo de la familia tradicional, principal sostén de cualquier sociedad emocionalmente sana.
De nuevo, la omnipresencia de internet y de las redes sociales es un tema bioético de primer orden. En este caso, es necesario hacerse preguntas de calado tales como:
- ¿Qué tipo de sociedad y de familia está fomentando la actual en China?
- ¿Qué carencias y vacíos emocionales están llenando estos padres virtuales y por qué motivos?
- ¿Qué consecuencias negativas puede tener compartir datos y experiencias personales con unos padres virtuales que al final son unos desconocidos?
Y por último,
- ¿Qué tipo de sociedad pone precio al cariño y al afecto familiar mediante el uso de las redes sociales?
Sin duda, son preguntas que no tienen una fácil respuesta, ya que se trata de un fenómeno reciente pero no menos incómodo desde una perspectiva ética. Es una llamada de atención hacia una realidad que resulta tremendamente atípica y que, de hecho, no debería existir en una sociedad que valorara como se merece el papel de la familia en la vida de las nuevas generaciones.
La bioética como ética de la vida se ve concernida también en este caso, dado que la vida de los jóvenes se pone en manos de las redes sociales, creando conexiones emocionales a la par que digitales, pero de dudosa calidad. Como apunta Byung-Chul Han, la actual sociedad del rendimiento genera individuos agotados, explotados a sí mismos para dar el máximo en sus trabajos y sin vínculos emocionales. Como consecuencia, Han apunta a la depresión, el síndrome del burnout en el trabajo y el infarto del alma de muchas personas que no alcanzan las expectativas de este tipo de sociedad y que se quedan en sus márgenes como un producto fallido.
El caso de los padres virtuales es tan solo un ejemplo más de las consecuencias de esta sociedad del rendimiento, en la que las redes sociales y las conexiones digitales han sustituido a los vínculos afectivos más puramente humanos a los que es necesario regresar con urgencia.






