El presente artículo tiene como objetivo reflexionar sobre el tratamiento y la gestión del dolor en todas sus vertientes desde un punto de vista médico y bioético.
Con ese fin, es necesario analizar un factor clave del entorno sanitario: la relación médico-paciente. En el pasado, ha sido eminentemente una relación basada en un modelo paternalista en el pasado, que coloca al paciente en una situación de necesidad y de incompetencia moral.
La bioética, por el contrario, defiende una relación menos vertical, más horizontal, y sobre todo más cordial, empática y comprensiva con la narrativa de la vida del paciente.
En este contexto, el análisis de la delicada situación de los enfermos con dolor crónico es especialmente relevante. Para ellos, se utilizará la filosofía epicúrea, la cual muestra el camino hacia la comprensión de lo que significa el término “dolor” y de lo que supone el término “placer” entendido, precisamente en Epicuro, como la ausencia de dolor. En su personal visión, Epicuro considera la filosofía como la medicina del alma.
La filosofía de Epicuro es una aproximación al dolor y al placer desde la virtud de la prudencia, que consiste en un cálculo de probabilidades de lo que supone disfrutar de determinados placeres. A este respecto, es importante atender a su distinción entre:
- Placeres naturales y necesarios (beber agua cuando tenemos sed).
- Placeres naturales, pero no necesarios (disfrutar de manjares refinados tal como dice Epicuro).
- Placeres ni naturales ni necesarios (disfrutar de grandes festines o en palabras de Epicuro “las coronas y la dedicación de estatuas”).
El equilibrio en el disfrute de los placeres aporta esa imperturbabilidad o ataraxia que Epicuro presenta en el contexto de una vida retirada, lejos de la arena política y presidida por la philía (la amistad).
Las reflexiones de Epicuro pueden resultar muy útiles en el entorno sociosanitario actual y en la aproximación bioética al dolor en todas sus formas.
- En una primera vertiente, existe el dolor físico, ya sea agudo o crónico, derivado de una enfermedad permanente (crónica) o transitoria, o derivado de cualquier tipo de intervención médica.
- En una segunda vertiente, existe el dolor emocional/psicológico, el dolor del alma, que demanda igualmente atención tanto farmacológica como psicológica. El acceso a ese tipo de atención psicológica es actualmente difícil a través de la sanidad pública y costoso a nivel privado.
La atención al dolor apela a la capacidad de que el profesional sanitario empatice con el paciente sin juzgarle, sin menoscabar sus percepciones y malestar. En este sentido, la concepción epicúrea del placer como ausencia de dolor ya implica, de hecho, que el paciente necesita los medios necesarios para aliviarlo, ya sea a través de fármacos, u otro tipo de intervención médica.
En el entorno sanitario, también existe una suerte de injusticia epistémica, un concepto acuñado por la filósofia británica Miranda Fricker, que supone no otorgar credibilidad al testimonio de las personas al detallar sus percepciones, sensaciones, malestar y por supuesto, en este contexto, su nivel de dolor.
La injustica epistémica está también relacionada con la minimización de los efectos del dolor en los pacientes y, así, entronca directamente con la concepción epicúrea de la ataraxia, la felicidad entendida como ausencia de dolor.
Cabe destacar que los efectos de la injusticia epistémica en la sanidad son de distintos tipos, pero destacan:
- El escepticismo del interlocutor (ya sea, en el entorno médico, familiar, laboral o administrativo) debido al acento del paciente, a su tipo de expresión, a su incapacidad para relatar de manera certera su percepción del dolor, y un largo etcétera.
- La falta de atención real de los síntomas de los pacientes crónicos al minimizarlos, en muchos casos, tildándolos de dolores simplemente somáticos o psicológicos, lo que vulnera los principios básicos de la bioética, según el Principialismo de Beauchamp y Childress (1999):
- Beneficencia que implica la obligación moral de actuar en beneficio de los otros.
- No maleficencia, según su formulación clásica “primum non nocere”, en primer lugar, no hacer daño.
- Autonomía: la capacidad de que el sujeto tome decisiones sin coacciones externas o internas, libre del control y la injerencia de otros.
- Justicia, que implica desde un punto de vista aristotélico “dar a cada cual lo que le corresponde” y que en bioética supone regular y distribuir de manera equitativa los recursos y servicios médicos.
En la actualidad, la gestión inadecuada del dolor implica un sufrimiento físico, moral y psicológico innecesarios, que aumentan el malestar de los pacientes y perjudican gravemente su calidad de vida.
La aplicación de los principios bioéticos básicos enunciados, junto con los presupuestos de la ética epicúrea y la bioética podría derivar en una mejor atención sanitaria y una menor inversión en medicación que, en muchas ocasiones, no solo no palía los efectos de la enfermedad, sino que genera efectos secundarios impredecibles.
Dadas las circunstancias sanitarias actuales, sería recomendable aplicar un marco ético y epistemológico basado en la filosofía epicúrea combinada con una reflexión bioética de los efectos del dolor en el estado físico y psicológico de las personas, pero sobre todo en la calidad de vida de los enfermos crónicos.
Asimismo, este marco también posibilitaría analizar otras cuestiones sanitarias, tales como, el edadismo (el trato a los ancianos en general), ya que como afirmaba Epicuro “nadie es viejo y joven para la salud del alma” , así como la discriminación de determinados grupos vulnerables en función de la edad, la discapacidad intelectual o
física, la formación o los recursos económicos.
La vulnerabilidad es otro concepto bioético de primer orden íntimamente asociado a la gestión y al tratamiento del dolor tanto físico como moral. En este sentido, la metáfora de las capas de vulnerabilidad de la filósofa argentina Florencia Luna puede resultar una herramienta ética de gran ayuda, ya que un dolor silenciado y no tratado puede convertirse en una pesada capa de vulnerabilidad adicional para cualquier persona enferma.
La conclusión de este análisis bioético del dolor es que es perentorio reforzar la escucha activa y empática del malestar del paciente, evitando fenómenos como la injusticia epistémica, el distrés o angustia moral en los sanitarios al no poder tomar decisiones éticamente aceptables por sus circunstancias laborales y la iatrolalia
(comentarios imprudentes durante el contacto con el paciente), con el fin de construir una relación médico-paciente menos paternalista que permita una atención adecuada del dolor y sus consecuencias para la salud y la calidad de vida de las personas.
Afirma Adela Cortina que labrarse un buen carácter es lo mejor que puede hacer una persona para tener un buen futuro y una vida feliz. Según ella, esto también vale para las organizaciones y las instituciones que deben labrarse un buen carácter, un buen ethos para poder atender el dolor de las personas desde todas sus dimensiones y aumentar así las posibilidades de tener una buena vida.
Publicada por Sonia Jimeno | 06 de junio de 2025 | La gestión del dolor
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La odontología es una de las sensaciones dolorosas más intensas que requiere de una actitud empática del profesional y la percepción exacta del comportamiento del paciente que depende de componentes psicológicos y somáticos realmente complejos. La aplicación de principios éticos y bioeticos en el tratamiento del dolor dental garantizan la satisfacción de los servicios de salud bucal ofrecidos a pacientes enfermos y mejor calidad de vida.