Ética y cambio climático

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En 1633 Galileo, con su obra Diálogos sobre los dos grandes sistemas del mundo, provocó que se diese un paso decisivo para la utilización del método cientí­fico en el conocimiento empí­rico de la realidad. A lo largo de todo el siglo XVII fue llevándose a cabo la tarea de deslindar los métodos adecuados para hacer ciencia positiva, o metafí­sica, o teologí­a.

Visto desde nuestra perspectiva, puede llamarnos la atención que hubiese personas inteligentes que no supiesen deslindar unos caminos de otros, y que se produjese esa confusión de saberes. Sin embargo, nosotros, hombres del siglo XXI, no estamos vacunados contra este error.

Todo esto me vení­a a la cabeza con motivo de lo que estamos viendo con el tema del cambio climático. Parece que hemos olvidado que se trata de una cuestión en la que la primera que tiene que hablar es la ciencia, y no la ideologí­a o los posicionamientos polí­ticos. Por tanto la primera exigencia ética serí­a confrontar datos cientí­ficos, y sacar alguna conclusión, si es posible.

Estos datos se refieren a tres cuestiones fundamentales: en qué dirección está variando el clima, el origen -o las diversas causas de esta variación-, y cuál es la intervención de la actividad humana en esta cuestión. Por ejemplo, serí­a muy importante aclarar si está cambiando la temperatura debido al incremento del CO2, o si está variando éste, por el cambio de temperatura que está produciendo la actividad solar. No hace mucho tiempo se hicieron afirmaciones muy seguras sobre el «agujero en la capa de ozono», que en la actualidad han sido seacreditadas.

En segundo lugar la ética exige poner de manifiesto aspectos espurios de la cuestión. ¿Qué empresas subvencionan determinados foros o conferencias? ¿Quiénes están haciendo grandes negocios con estas cuestiones? ¿Cuántos proyectos de investigación se ven favorecidos con la sola mención del cambio climático?

En tercer lugar no se debe olvidar del papel del ingenio humano. El clima siempre está variando. Variaciones importantes recientes se han dado en la edad media, y la del siglo XVII. El hombre tiene una gran capacidad de adaptación y de sacar partido de las situaciones más difí­ciles. No es aceptable sacar en gráficos cuánto podrí­a inundar Holanda la posible subida del nivel del mar, cuando precisamente este paí­s se ha caracterizado por controlar y aprovechar los recursos del mar.

Tampoco parece muy ético difundir con simplismo y exageración datos que no corresponden a la realidad, o que resultan excitantes tan sólo porque asustan. Un periódico nacional publicaba el pasado 4 de enero: «El 2007 será el año más caluroso desde 1659, batiendo el récord de 1998». Ni el año 1998 fue el más caluroso -en el XX lo fue 1934-, ni 2007 lo ha sido.

Por último se podrí­a mencionar también que no es ética la confusión de valores. El bienestar climático es deseable, pero, en la actualidad, parece que la humanidad tiene problemas más importantes que deberí­an acaparar su atención y sus recursos. Un problema muy importante es la paz entre las naciones, y dentro de cada una. La paz implica el respeto a la dignidad de las personas. No se puede hablar de respeto a la dignidad si la misma vida humana continúa amenazada -guerra, aborto, terrorismo, violencia-, o se le priva de su libre desarrollo -hambre, paro, falta de libertad en la educación-. Ante la vista de las tragedias de masas que se están produciendo en tantas zonas de ífrica -no sólo Darfur-, y el mismo problema de la inmigración, parecen poco serios los saraos climáticos a los que estamos asistiendo y el mismo Premio Nobel de la Paz que se ha otorgado este año.

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