El tercer hombre

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Esta pelí­cula, fue rodada en 1949, y es considerada la mejor del cine británico. Aunque dirigida por Carol Reed, la presencia de Orson Wells se hizo sentir muy fuertemente tanto en su vertiente de actor como por la ayuda que prestó a la dirección.

El argumento, como muchos conocerán, se desarrolla en el periodo de posguerra, cuando un escritor norteamericano llamado Holly Martins (Joseph Cotten) llega a Viena para descubrir que su mejor amigo Harry Lime (Orson Welles) ha fallecido en un extraño accidente de tráfico. A lo largo de la pelí­cula se va haciendo presente un tercer personaje que resuelve el misterio de la pelí­cula.

En la vida real ocurre muchas veces que uno intuye la presencia de algún protagonista que sin embargo no aparece claramente. En ocasiones es alguien que prefiere mantenerse en el anonimato por motivos buenos, o por malos motivos. Pero en otros casos se le oculta contra su voluntad: siempre hay alguien dispuesto a alzarse con los éxitos de otros ignorando su existencia.

En estos momentos la sociedad tiene ante sí­ dos temas importantes: los problemas de la economí­a, y la legalización de lí­mites en la defensa de la vida humana naciente o declinante.

Estamos escuchando noticias sobre la conveniencia o no de ampliar la ley del aborto. Se argumenta que la mujer debe estar protegida y poder tomar decisiones con seguridad jurí­dica y sanitaria. También que el personal médico debe poder llevar a cabo su trabajo con todas las garantí­as. ¿Quién podrí­a oponerse a unos propósitos tan justos? Seguramente nadie. Sin embargo se habla de alarma social.

La alarma social producida en el caso del aborto, históricamente, ha girado en dos órbitas desde su aprobación en 1985: 21 años en que la alarma giraba en torno al crecimiento del número de abortos y a la impunidad con que se utilizaba la ley, y este año pasado en el que la alarma la han dado los establecimientos que practican el aborto al ver salir a la luz pública datos sobre la forma en que lo realizan y la transgresión reiterada de la ley, con que se han movido.

No voy a entrar ahora en si serí­a bueno para el bien social -no para el de algunos individuos-, ampliar la ley o restringirla. Me interesa solamente señalar que hay un tercer hombre.En efecto, cuando se discute, se alude a las mujeres que desearí­an abortar y al personal sanitario que lo llevarí­a a cabo. Pero falta un tercer personaje: el que se aborta. Me parece evidente su presencia, aunque a muchos se les olvide. El aborto se lleva a cabo interrumpiendo la vida de un embrión o de un feto humano.

Ni siquiera voy a decir que tenga más o menos derechos a continuar viviendo y desarrollándose hasta nacer. Pero si afirmo que no parece que se puede olvidar su existencia en la acción de abortar.

Esto nos lleva a sospechar de la de honestidad intelectual si alguien pretendiese hablar de este tema sin tener en cuenta a los tres personajes: la que quiere abortar, el que hace el aborto, y el que es abortado. Ignorar a este último puede ser despiste en alguna ocasión, pero tratándose de algo tan importante, la pertinacia en el olvido supondrí­a una desprecio grave de la verdad ante toda la sociedad.

Es cierto que si se alza un debate, alguien puede defender que deba cambiarse la Constitución, porque el Tribunal Constitucional (sentencia 53/1985), reconoció que el embrión y el feto son sujetos de derechos. Puede defender que el niño en el seno materno no tiene ningún derecho: es nada, al principio, en medio o hasta el final. Puede hacerlo. Pero deberí­a ser valiente y decirlo así­, y no intentar ningunear al ser humano que es abortado.

Como a muchos les habrá pasado, hace unos dí­as recibí­ un mms con el que un amigo me enviaba la primera ecografí­a de su hijo/hija. La verdad es que se veí­a muy poco, pero ¡cualquiera le dice eso a un padre, o a una madre!. Pues bien, me parece que quien defienda que no sólo se ve poco, sino que realmente es nada, deberí­a decirlo claramente.

Entiendo que hay imágenes de fetos abortados, que resultan duras de contemplar, y que a muchos nos resulta impúdico mostrarlas en los medios de comunicación. Pero también me parece claro que quien defiende en la teorí­a una ley de plazos, debe ser coherente y defender que esas imágenes son molestas pero que no tendrí­an más significado que la de una pardela que acabase de ser abatida.

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