Animales clonados, de entrada, no

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) publicó el 24 de este mes, un informe en el que rechaza, por ahora, el uso de alimentos procedentes de animales clonados.

Según este informe, la clonación plantea dos tipos de problemas. Por una parte está la salud de los animales: sólo entre el 1% y el 20% de los embriones implantados en cerdos y vacas sale adelante. Además el 40% de los que salen adelante sufre graves enfermedades durante los primeros mese de vida.
Por otra parte, aunque por ahora parece que los alimentos obtenidos de descendientes de animales clonados no plantea problemas para la salud, sin embargo se tienen pocos datos cientí­ficos sobre este punto.

Respecto al impacto ambiental que extensión de la clonación animal, algunos afirman que producirá una pérdida de biodiversidad.

Con estos datos, la Comisión Europea ha solicitado a otro grupo de expertos un informe sobre las cuestiones éticas implicadas, y han declarado que sólo “cuando tengamos todas las piezas del puzzle abriremos un diálogo con los actores implicados”.

Una senda distinta han tomado Estados Unidos, Nueva Zelanda y Australia que ya permiten la distribución de estos alimentos.

El fondo de todo este debate tiene fuertes motivaciones económicas, y algunas de mejora de la salud. El intento es producir animales con determinadas caracterí­sticas genéticas. Este es un proceso muy caro: un ejemplar de vaca sale por 10.000 euros. Pero de este ejemplar se pueden obtener muchos descendientes con las nuevas caracterí­sticas, con lo que se rentabiliza ampliamente la inversión por las nuevas caracterí­sticas genéticas que se ofrecen.

En febrero de 1997, Ian Wilmut anunció la clonación del primer mamí­fero: la oveja Dolly. La empresa PPL Therapeutics P.L.C. de Edimburgo, querí­a crear ovejas y vacas cuya leche tuviera proteí­nas humanas con propiedades farmacológicas y nutritivas. Primero lo intentaron con embriones tempranos en los que inyectaban los genes humanos necesarios. Se trataba de un proceso muy complicado, porque habí­a que actuar uno a uno con cada embrión del que se quisiera obtener el animal modificado. Por eso Wilmut propuso, y consiguió, fabricar una oveja transgénica y clonarla, de tal modo que el clon y sus descendientes naturales se pudieran utilizar con los nuevos genes humanos. Al final, abandonaron este camino porque surgieron serias dudas cientí­ficas sobre los efectos en la salud de la Dolly.

Ian Willmut comenzó entonces una cruzada para obtener, en el Reino Unido el permiso para clonar seres humanos, a fin de investigar con la intención de conseguir fármacos para determinadas enfermedades.
Se trataba de una petición extraordinaria, ya que el Convenio Europeo de Derechos humanos y Bioética, no permite la creación de embriones humanos para experimentación. La autoridad nacional británica, que no ha firmado este Convenio, se lo concedió. Posteriormente Willmu ha abandonado esta investigación y ha conseguido el permiso para obtener embriones hí­bridos de hombre y animal.

En el í­nterin, España ha aprobado la ley de Investigación Biomédica (3 de julio 2007) que permite fabricar embriones humanos clonados para investigación, a pesar de que nuestro paí­s sí­ que se adhirió al citado Convenio.

Estamos ante una paradoja: los seres humanos estamos siendo mucho más cautos y precavidos en la clonación de animales que de embriones de nuestra propia especie. Elaboramos normativas que aplicamos a los animales y que no hacemos con los seres humanas.

Aunque la situación parece totalmente incoherente, pienso que tiene una explicación: nuestra sociedad ha decidido, tácitamente, que no va a tener ninguna consideración con los hombres y mujeres, mientras no hayan nacido. Su existencia será irrelevante en sí­, ya que depende de las decisiones de otros sobre su vida. Si otros quieren, nace; si no quieren, no nace.

Hace unos dí­as unos padres me mandaron al móvil una imagen de su hijo que fue concebido hace mes y medio. Ellos están muy emocionados, y, sin duda, le tienen ya un gran amor. Sin embargo, en otros casos, otros padres pueden nos sentir ese amor. Pero, ¿es justo que la vida de un ser humano en concreto dependa de las emociones de quienes lo observan? Un futuro mejor para nuestra sociedad, parece que deberí­a legislar protegiendo al ser humano para facilitarle llegar al momento del nacimiento. Sin embargo, parece que vamos en dirección contraria.

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