El pasado día 1 de noviembre se celebró la festividad de Todos los Santos, que está profundamente enraizada en la tradición cristina como el momento de honrar a todos los santos y mártires, conocidos o anónimos. Esa celebración se remonta a los primeros siglos de la Iglesia, cuando los cristianos recordaban a quienes habían muerto defendiendo su fe.
En la actualidad, sigue siendo un día de recogimiento y acompañamiento espiritual de los seres queridos que ya no están y una visita obligada a los cementerios. No en vano, durante el pasado fin de semana miles de personas
se reunieron en el camposanto para honrar a sus difuntos con flores y para adecentar sus lápidas.
Pese a lo especial del día, la mala noticia es que en algunos lugares no se respeta este día de los difuntos, como ha sido el caso del cementerio de Ceutí en Murcia, en el que el ayuntamiento colocó carteles en los nichos el día de Todos los Santos para reclamar el pago de las tasas a propietarios morosos.
En la foto adjunta, se puede apreciar cómo los familiares ven con estupor estos carteles en sus nicho:

Fuente: Diario La Verdad.
La medida ha generado una más que justificada polémica por su marcada insensibilidad al hacer coincidir la reclamación por morosidad con la festividad de Todos los Santos. Según el ayuntamiento, precisamente la gran afluencia de familiares en ese día ha sido la justificación para tomar esta determinación tan controvertida.
La falta de empatía, de sensibilidad e incluso de humanidad que adornan esta decisión son una clara muestra del declive de la espiritualidad y del decoro debido en un día tan señalado en la sociedad actual. Escenarios como este demuestran, una vez más, que no se respeta el dolor ajeno, el derecho a la intimidad y la necesidad de crear espacios donde mostrar el sufrimiento sin cortapisas.
Ese lugar era precisamente el camposanto, donde los dolientes llegaban el día 1 de noviembre y tantos otros días para visitar a sus familiares y honrarles con unas flores. No obstante, la medida del ayuntamiento de Ceutí es una pequeña prueba de cómo la muerte ha pasado de ser un tabú a un mero trámite administrativo, en el que prima el cobro de las tasas municipales.
Lamentablemente, esta no es una noticia aislada, sino que viene a completar un extenso corolario de sucesos que atacan la dignidad de los difuntos. Uno de ellos es el acontecido en el Cementerio de Montjuic de Barcelona en el año 2023 cuando se profanaron más de 100 nichos en busca de joyas y objetos de valor. Las sospechas por este delito recayeron en cinco sepultureros del propio cementerio cuando intentaron vender el oro sustraído.
Este contexto se enmarca en lo que el filósofo Byung-Chul Han denomina la “sociedad paliativa”, dominada por la positividad, es decir, por el imperativo “sé feliz” y por la algofobia o fobia al dolor, así como por una falta manifiesta de respeto por los ritos y la espiritualidad que rodean la muerte. Por ese motivo, se evita el contacto con los dolientes, se silencia el duelo, especialmente doloroso en tiempos de pandemia cuando miles de personas tuvieron que sufrir en silencio sus pérdidas. Incluso la imposibilidad de dar sepultura a los seres queridos fue y continúa siendo un duro lastre en el proceso de recuperación de miles de personas que han acabado por cronificar duelos no elaborados derivando en profundas depresiones.
Por otra parte, la digitalización de la sociedad actual también ha derivado en iniciativas tan surrealistas como la celebración de entierros online, la utilización de códigos QR para localizar nichos, la realización de esquelas online, condolencias virtuales o el desarrollo de chatbots para ayudar a las personas en el proceso de duelo.
El caso de los entierros online es especialmente llamativo, porque parecía uno de los últimos reductos de la humanidad, inalcanzable para la sociedad digital. No ha sido así y la realidad es que los servicios funerarios ya incluyen la retransmisión de ceremonias por streaming para familiares y amigos que no puedan asistir en persona al sepelio.
A pesar de que pueda parecer una iniciativa positiva para reunir a todos los allegados en la ceremonia, la peligrosa “pendiente resbaladiza” que supone esta digitalización de los funerales es más que evidente, dado que en el futuro quizás ya no se pueda dar un último adiós personal y humanos a los seres queridos.
Todo se convertirá en un proceso digital despersonalizado y al alcance de un solo clic.
Todas estas iniciativas, a pesar de que sin duda tienen su parte positiva, son la prueba manifiesta de que el contacto humano sigue disminuyendo en favor de una progresiva digitalización del dolor, que obliga al doliente a pasar página rápidamente para no incomodar a los demás.
Pero, sin duda, también existen casos encomiables de respeto a los ritos y rituales espirituales que acompañan al duro tránsito de la muerte, y sobre todo, de la muerte en soledad.
En este sentido, cabe destacar la iniciativa de la fundación Arrels, que celebra funerales gratuitos para los sinhogar que no disponen de redes familiares ni sociales.
El Ayuntamiento de Barcelona ha cedido diversos nichos a los sinhogar para colocar una placa conmemorativa de recuerdo con sus datos personales. Esta fundación tiene una comisión denominada “La Barca de Caronte”, que nace para establecer un protocolo de actuación cuando una persona muere, para asegurarse de que nadie sea enterrado en soledad y sin nuestro conocimiento”, tal como explica Josep Maria Anguera, miembro de la comisión. Desde su creación, ha apoyado en la muerte a 181 personas y anualmente ha organizado un acto para recordarlas.

Fuente: Fundación Arrels.
La iniciativa de Arrels está en línea con el pensamiento de Byung-Chul Han y refuerza la idea de que la relación con el dolor define a una sociedad. En un mundo hiperconectado, digital y narcisista, que tiene fobia al dolor, los rituales ayudan a sobrellevar el trágico momento de la muerte de los allegados y constituyen uno de los bastiones de la espiritualidad.
De hecho, son una forma de sentirse profundamente humano y de conectar con emociones profundamente arraigadas con la familia, el hogar, y los recuerdos de un pasado conjunto e inmortal. La negación del dolor constituye una negación de la propia naturaleza humana.
El día de Todos los Santos no solo es una festividad destinada a honrar a los difuntos, sino una oportunidad para establecer un diálogo con ellos y para recordarles en vida. Sin momentos de recogimiento y silencio, en un mundo marcado por los Big Data y el ruido mediático, el toque humano quedará relegado a un invisible segundo plano. El imperativo hedonista de la felicidad narcisista no debe ni puede ser el cementerio de la espiritualidad, sino precisamente su acicate para hacer al ser humano más consciente del dolor y de su propia vulnerabilidad.
En palabras de Walter Benjamin:
“De entre todas las sensaciones corporales, el dolor es la única que representa para el hombre una especie de corriente navegable, cuyo caudal nunca se seca y lo conduce hasta el mar. Siempre que el hombre trata de abandonarse al placer, este resulta ser un callejón sin salida”.
Publicada por Sonia Jimeno| 4 de noviembre de 2025 | 1 de noviembre: Todos los Santos







