Que no te tomen el pelo: nuestro principal problema no es el populismo

Que no te tomen el pelo: nuestro principal problema no es el populismo

Adjuntamos hoy la traducción de un artículo de Stefano Fontana aparecido en “La nuova Bussola Quotidiana”. Aunque se refiere principalmente a los católicos, pensamos que el contenido es perfectamente trasladable a cualquier europeo sin que sea necesario explicitar su fe o su ausencia de fe religiosa.

Ahora parece que para los católicos el mayor pecado es ser “populista”, la de “populista” la mayor desgracia, tal vez sólo igual a la de “fascista” en los años setenta. Los comentarios de prensa católica sobre el resultado de las elecciones holandesas todos eran de este tipo: “Frenada la deriva al populismo”, “Alejado el fantasma del populismo”, “Europa respira” como tititula Avvenire ayer, 16 de marzo.

Las elecciones holandesas han puesto de manifiesto una fuerte inquietud que a su modo el populista Wilders ha expresado. Pero el populismo es a lo sumo una forma de expresar una inquietud, pero no la inquietud en sí.

Holanda es un país rico y próspero. Tiene un crecimiento del 2% y la tasa de desempleo se ha reducido al 6%. Tiene un presupuesto de estado equilibrado y la relación entre el déficit y el PIB es del 1,4%. Sus servicios sociales son eficientes y tiene un sistema de atención de la salud avanzado y una población educada. Sin embargo, los holandeses están disgustados, hasta el punto de haber dado de forma consistente, aunque no mayoritaria, el voto a un partido “populista” que quiere prohibir las mezquitas y la venta del Corán. ¿De dónde viene este malestar?

La sociedad holandesa ha respaldado con leyes todos los derechos individuales, y una sociedad que reconoce todos los derechos es una sociedad que ya no cree en nada. En Holanda el cristianismo ya no existe, el matrimonio es un recuerdo lejano, las leyes sobre el aborto, la convivencia, la homosexualidad son los más avanzados en el mundo. Los holandeses viajan por el mundo en una caravana, aman la naturaleza, cuidan de los animales, y algunos de sus barrios parecen jardines, pero practican la eutanasia en gran número y viven una profunda sensación de vacío.

Los holandeses saben que el adelantamiento del número de emigrantes al de autóctonos está muy próximo. Dentro de poco los Países Bajos ya no serán los Países Bajos. La actitud reciente de Erdogan les ha despertado. Se habían creído que se podían “importar” cualquier cantidad de turcos, sin que a continuación Turquía viniese a los Países Bajos para hacer la campaña electoral. Se acaban de dar cuenta de que tienen un gran número de ciudadanos más leales a Turquía – un estado extranjero – que a su nueva tierra. Se acaban de cuenta de que la lealtad y el sentido de pertenencia no dependen de forma automática de una “tarjeta verde”.

El tema de la identidad no es sólo egoísmo y nacionalismo, es también problema del sentido. Ciudades y barrios holandeses están en manos islámicas. Holanda es uno de los ejemplos de multiculturalismo peor conseguido. Multiculturalismo querido, por una mayoría, pero también impuesto por la Unión Europea y  por la situación geopolítica internacional que empuja de forma programada, y a menudo financiada, la migración.

El populismo usa palabras inoportunas, adopta un lenguaje de plaza o de cuartel, es de mal gusto y poco elegante, pero de alguna manera transmite la sensación de extravío que el ciudadano medio occidental experimenta ante el corsé de plomo de un sistema muy compacto e impositivo: desde Soros  a la “ideología liberal” o a las las comisiones europeas de inmigración incontrolada, del sistema corporativo de los bancos a las cuestiones de la moneda y el euro, de los suburbios inhabitables de las grandes ciudades a las aglomeraciones de inmigrantes, de la crisis de la idea de nación a la prohibición de hablar de identidad nacional bajo pena de maldición por parte de la ideología globalista, de la deconstrucción sistemática de los valores tradicionales a la nueva permisividad moral de Estado, impuesta por el consenso conducido por los medios de comunicación.

¿Por qué incluso los católicos, en vez de acomodarse ciegamente al coro anti-populista, no ayudan a aclarar los conceptos, a distinguir entre los populismos y, sobre todo, a poner de relieve las muchas razones del fuerte malestar extendido por Europa? ¿Es más grave decir que se desea salir de la Unión Europea que aprobar una ley que permite la eutanasia como está haciendo el Parlamento italiano? ¿Es más grave pronunciarse contra la sociedad multicultural que destruir la familia con leyes y políticas, haciendo desaparecer el concepto de padre, madre e hijos? ¿Es más grave querer poner control a la migración entrante que ampliar el derecho al aborto hasta el octavo mes y hacer pedazos el niño que va a nacer todo sufragado por los servicios nacionales de  salud? ¿Es más grave plantear el problema del Islam – porque, nos guste o no, el Islam es el problema – o reducir los nacimientos mediante la planificación del gobierno, fomentar aborto de menores o enseñar las técnicas homosexuales en las escuelas?

Los aparatos anti-populistas  así como los partidos de la burguesía ilustrada, la nomenclatura europea, las grandes fundaciones internacionales, los dueños de la prensa y de la televisión, la jet set del espectáculo que levanta su dedo medio en burla e insulto de nuestras familias, los ricos que querrían extender su estilo de vida hedonista a los pobres, pero dejándolos pobres… por qué todos estos deberían ser mejor considerados que los  “populistas”? y ¿por qué para evitar el nombre despectivo de populista los católicos deberían estar de su parte y contribuir al mantenimiento de su sistema?

Artículo original: “Populismo”, adesso è questo il peccato più grave

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